DENUNCIA 10/03/2017

maltrato animal

El 2015 comenzó con una seguidilla de noticias que daban cuenta de casos indignantes de maltrato animal. Primero fue un toro acuchillado en Turbaco (Bolívar); luego, un caballo descuartizado vivo en Buenavista (Cesar); y como si esto no fuera suficiente, también llegó el reporte de una carrera de gatos amarrados ...

El 2015 comenzó con una seguidilla de noticias que daban cuenta de casos indignantes de maltrato animal. Primero fue un toro acuchillado en Turbaco (Bolívar); luego, un caballo descuartizado vivo en Buenavista (Cesar); y como si esto no fuera suficiente, también llegó el reporte de una carrera de gatos amarrados en Tuluá. Son episodios que denotan un preocupante indicio de comportamiento social que merece análisis.

 

Pero la reacción masiva que tales hechos produjeron dejó claro que, por fortuna, cada vez es mayor el sentimiento de compasión frente al sufrimiento animal en el país. Esto ha llevado a que aumente la conciencia sobre la necesidad de actuar en múltiples campos donde este se presenta. A su vez, la irrupción de nuevas tecnologías, en particular los celulares con cámaras de video, y de las redes sociales ha servido para que episodios como los de las corralejas sean conocidos por amplios sectores de la población.

 

Más allá de los matices que el asunto pueda tener, debemos ser claros en que estamos ante una tendencia a todas luces halagadora. Comprueba que, al igual que buena parte del planeta, la sociedad colombiana también avanza por la senda del trato ético para con los animales. Es cierto que, como lo dijo Mahatma Gandhi, una civilización puede ser juzgada según la manera como trate a los animales.

 

 

Pero es este un largo camino que cada sociedad recorre a una velocidad diferente y en el que otros países van más avanzados, en particular aquellos que en su legislación ya han incorporado los derechos de los animales. Pero, en general, el avance de toda la humanidad es significativo. Recordemos no más que en otra época la quema de gatos era un espectáculo público para niños que nadie reprochaba. Para mencionar un caso cercano, durante décadas el sufrimiento de los caballos de las zorras pasó inadvertido ante los ojos de los habitantes de las ciudades colombianas. Hoy, gracias a que se llegó a un consenso sobre lo inaceptable de este, ya no circulan. Algo similar está ocurriendo con los animales en los circos.

 

Ahora bien, es una realidad que grupos que defienden y promueven esta causa tienen un afán evidente, y hasta cierto punto comprensible, por acelerar la marcha. Desde sectores férreamente comprometidos con esta motivación se plantea acabar cuanto antes con todas las instancias en las que se da algún grado de maltrato. En el mundo apuntan a mataderos e incluso a laboratorios donde se prueban avances científicos en distintas especies. A nivel local, pujan sobre todo por la prohibición de cualquier espectáculo en el que participen animales.

 

Es aquí donde hay que hacer un llamado a la sensatez. Por supuesto que es deseable llegar a este punto. Ojalá la civilización humana en unas décadas lo haga y la ciencia encuentre cómo probar medicamentos sin necesidad de animales y la carne venga de fábricas de proteína animal. Incluso, que se considere a los zoológicos como una excentricidad de tiempos idos.

 

Pero lo cierto es que todavía estamos lejos y que el límite de la velocidad a la que avance esta causa lo marcan las necesidades de nuestra especie para garantizar su supervivencia. Así mismo, es necesario tener presente que el cambio cultural no se produce de la noche a la mañana e inducirlo puede ser contraproducente y, en algunos casos, inclusive supone violaciones de derechos fundamentales de las personas.

 

Por eso, antes que entrar a prohibir tradiciones y a penalizar excesos, insistimos, inaceptables, repugnantes, que se dan en festividades tradicionales, es mejor un trabajo a más largo plazo que permita encontrar la mejor forma de que esta sensibilidad que ya existe en muchos sectores cale también entre quienes participan en estos eventos. No porque se trate de una tradición esta debe permanecer inalterada. Es perfectamente factible detonar un proceso de cambio que, en el caso de las corralejas, establezca unos límites que no se puedan traspasar.

 

Es un hecho, así mismo, que hay sufrimiento en otros rituales con arraigo en la cultura y que, además, tienen una dimensión estética. En este caso, el dolor de los toros es un factor en una ecuación compleja que incluye también el sustento de muchas personas, sus derechos fundamentales. Hay que balancearla, no hay duda, pero no por la vía del autoritarismo. Esta tradición también puede ser susceptible de cambios acordes con las nuevas sensibilidades de la sociedad.

 

Es, en suma, normal, incluso necesario, indignarse ante escenas que tocan las más profundas fibras de nuestras emociones. Pero este sentimiento debe acotarse y no debe ser el que guíe las acciones que luego se emprendan. Hay que mirar el asunto en toda su complejidad. Y esto implica aceptar que todavía no se pueden dar algunos pasos, por más deseables que parezcan. Tener claro hacia dónde se avanza, pero evitar apresurarse en momentos de efervescencia que nublen el buen juicio y se olviden prioridades. Entre ellas, la del bienestar y supervivencia de la especie humana.

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